
Gustavo se despertó esa tarde luego de una placentera siesta, dándose cuenta que se había quedado dormido. Estiró su brazo para alcanzar el reloj despertador que estaba en la mesita de luz junto a él y al ver la hora se incorporó de un salto sobre su cama. Sobresaltado agarró una camisa y unos pantalones y salió corriendo hacia su auto. Conduciendo enloquecidamente por las calles de Belgrano tuvo la idea de parar a comprar unos muffins en una panadería coqueta del barrio. Él sabía que Niní amaba los muffins y pensó que era una buena forma de recompensarla por su tardanza. Llegando a la casa de Niní Sträuben, su profesora de piano, ve que lo estaba esperando en la entrada con una sonrisa impecable, como de costumbre. Baja del auto con la caja de muffins en las manos y una media sonrisa sonrojada, a lo que Niní responde asintiendo la cabeza. Ambos entran a la casita de estilo colonial y se sientan en la sala de estar para tomar un té antes de comenzar con la clase. Niní que amaba los muffins, estaba entusiasmada abriendo la caja, mientras Gustavo miraba atentamente la decoración de la habitación, se sentía atraído por las pequeñas figuras de cerámica que coleccionaba su profesora. La casa encerraba ese hálito de nostalgia como si el tiempo nunca hubiera pasado por allí, simplemente había seguido de largo, quizás olvidándose que existía esa porción de tierra.
Perdido en su nebulosa se da cuenta que estaba solo en la habitación, la mesa de té estaba servida con un mantel blanco teñido de algunas manchas de moho, pensó que era un detalle que no podía faltar y le pareció gracioso lo irónico del mensaje: el moho y la apariencia de su profesora eran las únicas cosas que el tiempo no había olvidado. Sin más que hacer, ya que su anfitriona había desaparecido, siguió observando con curiosidad la habitación hasta encontrarse con unos pequeños frascos que hubiera jurado nunca antes haberlos visto, en ninguna de sus visitas del último mes. Tenían el aspecto de los que están llenos de dulces artesanales en las despensas rurales, la tapa estaba cubierta con un trozo de tela a cuadros rojos y blancos, eran bastante típicos ya los había visto muchas veces pero lo que realmente había llamado su atención era su contenido. Un líquido verdoso rellenaba los frascos y cubría lo que parecía ser un pedazo de carne descompuesta, se quedó observándolos con inquietud tratando de entender lo que estaba viendo. De repente entra Niní sonriendo, como acostumbraba en silencio y lo mira atentamente esperando alguna palabra de parte de él, sin embargo solo atinó a responder con el mismo gesto. Se sentaron sobre el sofá, que a juzgar por como se veía podría haber tenido cien años y contemplaron la mesa sin decir una palabra.
Gustavo no podía dejar de pensar en los frascos y de vez en cuando los miraba de reojo, sentía tanta curiosidad por la forma en que se veía su contenido que no se daba cuenta de lo evidente que eran sus acciones, la vajilla de porcelana temblaba sobre sus dedos crispados y la hacía sonar como si fuera una sinfonía de diminutos huesos. No creo que se diera cuenta de que Niní lo observaba atentamente, estaba muy concentrado en sus pensamientos tratando de descifrar sus pensamientos. De alguna forma sabía que no estaba bien porque cada vez que miraba los frascos se le erizaban los vellos de la nuca.
La vieja se levantó de repente excusándose con su invitado y se dirigió hacía la cocina, caminaba lentamente como si tuviera el alma empachada de historia, la curvatura de su espalda daba la sensación de terminar en un precipicio y realmente no era muy bonita, sus rasgos eran duros, marcados sobre una tez rugosa y transparente, tenía algunos lunares en el rostro y todos eran rojizos. Gustavo siempre pensaba que habría sido hermosa de joven, alta, de labios rojos, cabellos dorados y grandes ojos azules, a menudo fantaseaba con la idea de una princesa aria que endulzaba con sus largos y finos dedos, a cualquier espectador, cuando ejecutaba su piano de cola caoba.
Los frascos, apilados uno tras otro, centelleaban diabólicamente seduciéndolo cada vez más y se acercó para volver a verlos. Se veían como pequeños embutidos descarnados, amorfos, tan repulsivos que provocaban arcadas por el simple hecho de verlos. Dejó su taza de té en la mesa, miró la habitación una vez más para asegurarse que estaba totalmente solo y abrió uno de los frascos. El olor que desprendía era amargo, similar a un trozo de res en descomposición, ridículamente asqueroso.
La puerta de la cocina se abrió lentamente y apareció la figura fantasmagórica de Niní con una bandeja repleta de lo que parecían ser sándwich de pepino, inmediatamente Gustavo se dio vuelta, ocultando el frasco tras su espalda. Por suerte era mas ciega que un topo y seguramente carecía de olfato porque no había dicho ni una palabra a cerca del olor nauseabundo que inundaba la sala. Se sentó y lo llamó con un extraño movimiento de manos a lo que él obedeció.
Todavía con la evidencia en manos, pensó ocultarla debajo de la mesa pero en cuanto la vieja se dio vuelta para tomar los pentagramas, en un intento desesperado, metió el frasco en la tetera que estaba sobre la mesa. Nervioso como nunca antes, trató de relajarse prestando atención a las indicaciones que Niní marcaba sobre las corcheas, fusas y semifusas. Las posibilidades ahora no eran muchas, podría ofrecerse a calentar agua para el té aunque la tetera todavía humeaba o volcarla sobre la mesa a modo de accidente pero sería demasiado obvio, además podría terminar rompiéndola y dejando a la vista la masa rugosa de carne podrida.
Tocaba el piano a medias, con un ojo clavado hacia la mesa de té, su profesora se movía lentamente cual hoja dominada por el viento al compás de la melodía y cuando él cometía algún error golpeaba sus dedos con un puntero de madera astillado. Sí, es la escena típica que el lector se imaginaría, es lógico pensar que una escena puede ser muy obvia lo raro sería que se nos ocurra alguna que fuese original. En fin, siguiendo con el relato de lo sucedido, las gotas de sudor empezaban a salir a través de su piel, las manos atrofiadas se marchitaban y sus ojos desorbitados se llenaron de un suero amarillento, ácido, acre que nublaron su vista. Pegado al piano o poseído por la música seguía apretando las teclas con los nudillos, ya que los dedos se le habían doblado al igual que un guante de goma lleno de agua, su garganta emitía sonidos burbujeantes, graznidos profundos y roncos que harían temblar el pulso hasta del más frívolo verdugo. Pronto sus labios se secaron y la lengua se enrollaba agitada dentro de su boca. Abrió los ojos tratando de abrazar un último aliento de vida y quedó duro, para siempre, sobre el piano. La profesora seguía en su extasiado baile mecánico cuando la música se detuvo, abrió lentamente los ojos iluminados por la luz que atravesaba la ventana, eran mas azules y brillantes que nunca. Miró el cuerpo entumecido con cierta curiosidad y lo acarició suavemente sobre la frente, como se le mide la temperatura a un niño con fiebre; se dio media vuelta y se dirigió a la mesa de té donde se agachó, y extrajo debajo de unas tablillas del piso, lo que parecía ser una vara de bronce pulido con una longitud aproximada de 50cm, que terminaba en un gancho de punta afilada. Se acercó al cadáver y dándole un golpe con el pie, al taburete sobre el cual se encontraba el muerto, lo dejó caer. Una vez en el piso, insertó el instrumento de bronce en la nariz y suavemente fue deslizándolo hacia su profundidad. Los ojos de Gustavo estaban envueltos por una masa grumosa, ahora verdosa, que despedía un olor nauseabundo y vomitivo, mientras que en los ojos de Niní nadaba su pupila contraída en el turquesa de su iris y la boca se le llenaba de saliva, claros síntomas de excitación.
Extrajo la vara metálica y con ella el cerebro muerto, todavía tibio. Luego se dirigió a la cocina de donde sacó un frasco impecable de la alacena, el cual llenó con formaldehído. Sobre una tabla de picar cortó un trozo del cerebro y lo metió en el frasco, que adornó con un retazo de tela a cuadros rojos y blancos, se dirigió a la sala y ubicó su tesoro junto a los otros de su colección. Los contempló por un momento sonriendo, orgullosa, realizada y luego se sentó en el taburete dispuesta a ejecutar el piano en honor a su descerebrado alumno.
La música se desprendía de la piel de Niní, las notas vibraban sobre las cuerdas del piano y todo la casa se transformaba en un vaivén enérgico de sombras y luces, no habían pájaros afuera, ni mujeres con hijos, ni hombres soñadores, ni muerte, ni nada.


3 comentarios:
INTRIGANTE!!!!!!! ME GUSTO!!!!!!!!! SEGUÍ ESCRIBIENDO BESOTES
Muy bueno!!segui escribiendo nena yo soy tu fan numero 1 becho.
me encantó!! me genera muchas imágenes entre otras sensaciones. quiero más!! =)
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